No es que me guste menos el cine sino que el arte ahora ha buscado refugio en la pequeña pantalla y necesita un fuego lento de más de dos horas...
miércoles, 20 de mayo de 2015
Good bye, Mad Men (sin spoilers)
Si de algo ha gozado la serie Mad Men durante estos casi ocho años en los que ha estado en antena, ha sido de sutileza, de don de la palabra y, al ser una serie dedicada a la publicidad, de signos.
Y no es que los que hayamos vivido nuestra infancia en la misma época y nos sintamos identificados con esa exquisita recreación de la misma y que nos riamos a carcajadas al recordarla, seamos sus fans sólo por eso. Más bien porque es un todo, que va desde la puesta en escena, el vestuario, la fotografía, sus personajes elaborados con mimo, y cada guión de cada capítulo y el guión global de la temporada, lo que nos ha mantenido en el limbo de la belleza y el goce por la perfección.
Y es que los actores y actrices, muchos desconocidos para los seriéfilos, salvo uno o dos que se vieron en Desperate Housewifes (John Slattery) o en otra serie, parecen haber sido escogidos con precisión científica.
Y no puedo pasar por alto el tratamiento que da a las mujeres: ¿no son todas poderosas, resistentes, supervivientes, creativas, incluso las que van de arpías? ¿Cómo no va a gustar una serie en la que las mujeres toman la sartén por el mango en una época dificilísima para las mujeres? Una contraparte muy bien lograda hasta el final.
La serie, creada por Mattew Weiner, ha ido de un acierto a otro y terminó justo cuando tenía que hacerlo, antes de que los espectadores sintiéramos que la publicidad y sus artilugios ya dejaban de ser novedad para nosotros.
Tenía mis dudas respecto a su final. Creo que terminar una serie antológica es algo muy difícil. Darle el buen punto final me imagino que provoca más de un quebradero de cabeza a los creadores y tensión a los espectadores, siempre temerosos de que no sea lo que esperan. Me ha pasado con Lost, por ejemplo, que me generó muchas expectativas, y con Weeds o A dos metros bajo tierra. Y es que tengo la impresión de que esos finales en los que nos cuentan toda la vida de los personajes hasta que se mueren, no sólo matan al personaje sino también la imaginación de los espectadores. Y los finales memorables como los de Breaking Bad o Dexter son tan difíciles de lograr que pareciera que son como atravesar el Cañón del Colorado por un cable sin haberlo experimentado antes.
Y vino la final esperada de Mad Men y yo veía que se iban cerrando los círculos de los personajes que giraban alrededor de Don Draper y que los minutos avanzaban y se acababa el capítulo y yo pensaba que en tan corto tiempo no se podría conseguir nada memorable... Y vino ese minuto, el último minuto que equivale al estado de gracia en el que un escritor consigue la metáfora perfecta, el que debería servir de lección en todas las clases de semiótica de periodismo, de publicidad o de guión, porque es digno de ser diseccionado, analizado, repensado, porque es glorioso, inolvidable, perfecto; porque es el final que esta maravillosa serie se merecía.
Me pasó lo que me suele ocurrir cuando veo un buen anuncio y me demoro en entender su mensaje. A los cinco minutos de terminar de ver el capítulo, lancé una sonora carcajada, y es que este final es para los muy amantes del séptimo arte, de la publicidad, del mensaje, para los que veíamos los anuncios de refrescos antes de que empezara la película y sólo en el cine. Y es que es tan sutil como épico.
Han pasado 24 horas y todavía lo estoy masticando, como se saborean las buenas lecturas, las buenas imágenes... el arte.
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